Hay algo que me preocupa de la conversación actual sobre los fármacos GLP-1.
No que puedan ser una herramienta médica útil.
Lo que me preocupa es que, en medio de la obsesión colectiva por adelgazar, que ya es preocupante de por sí, hayamos empezado a normalizar no sentir placer por la comida y sufrir una serie de síntomas digestivos.
Los agonistas del receptor GLP-1, como semaglutida o liraglutida y tirzepatida, reducen el apetito, aumentan la saciedad pero también tienen un impacto sobre el sistema digestivo.
Náuseas, digestiones lentas, sensación de plenitud, pesadez, eructos, reflujo, distensión abdominal, estreñimiento o diarrea son algunos de los síntomas que pueden aparecer, especialmente al inicio del tratamiento o cuando se aumenta la dosis.
En consulta veo personas con estos fármacos que empiezan a preguntarse:
«¿Será que ahora no tolero los lácteos?»
«¿Me habrá sentado mal el gluten?»
«¿Por qué ahora me hincho tanto después de comer?»
«¿Por qué ya no puedo comer lo mismo que antes?»
Y, en ocasiones, el origen no está en que de repente hayan desarrollado una intolerancia alimentaria. Está en que su sistema digestivo está funcionando de otra manera debido al tratamiento.
Aquí la nutrición puede tener un papel muy importante. No para añadir otra lista interminable de alimentos prohibidos. Al contrario.
Para aprender a adaptar las cantidades, el volumen de las comidas, el contenido en grasa, la fibra, la hidratación y la distribución de los alimentos a lo que tu cuerpo puede tolerar en ese momento.
Y, sobre todo, para evitar que comer cada vez menos termine significando nutrirte cada vez peor.
Pero hay algo que me interesa todavía más.
Hace unos días leí una noticia sobre estos medicamentos y la preocupación por la extrema delgadez. Pero me quedé con la mención de una palabra. Anhedonia.
La anhedonia es la disminución o pérdida de la capacidad de sentir placer.
Y en el contexto de la alimentación se ha empezado a hablar de personas que, durante el tratamiento, experimentan una disminución del interés o del placer que les producía comer.
Y pensé: ¿De verdad queremos llegar a un punto en el que dejar de disfrutar de la comida sea considerado algo normal?
Porque comer no es solo comer.
Es ese primer sorbo de café por la mañana.
El chocolate que te encanta.
El plato que prepara tu madre.
Una cena improvisada con amigas.
Un restaurante al que llevabas meses queriendo ir.
La comida también es placer, cultura, vínculo y vida.
He tenido pacientes cuya relación con la comida se había convertido en una auténtica fuente de sufrimiento.
Personas que estaban constantemente pensando en qué podían comer, qué no podían comer, cuánto habían comido, cuánto pesaban o qué tenían que compensar al día siguiente.
Para algunas de ellas, empezar un tratamiento farmacológico con el equipo médico, ha supuesto algo que no habían conseguido en años: Silencio.
De repente, la comida deja de ocupar todo el espacio mental.
Y eso puede ser profundamente liberador.
No quiero quitarle valor a eso.
Pero sí quiero hacer una pregunta:
¿Y si nuestro objetivo no fuera dejar de pensar en la comida, sino poder pensar en ella sin miedo y sin dejar de disfrutar?
Porque no es lo mismo no estar obsesionada con comer que no disfrutar de comer.
No es lo mismo sentir saciedad que sentir rechazo.
No es lo mismo comer menos que aprender a alimentarte mejor y disfrutando.
Por eso creo que la nutrición tiene algo importante que aportar
Si estás tomando un GLP-1, me gustaría saber:
¿Cómo estás digiriendo?
¿Tienes hambre o has dejado completamente de tenerla?
¿Estás comiendo suficiente proteína?
¿Cómo está tu tránsito intestinal?
¿Te estás hidratando?
¿Qué alimentos has dejado de comer por miedo a que te sienten mal?
¿Sigues disfrutando de tus comidas?
Y, sobre todo:
¿Qué relación estás construyendo con la comida durante este proceso?
Porque si el tratamiento funciona y pierdes peso, pero acabas teniendo miedo a comer, restringiendo cada vez más alimentos o desconectada completamente del placer de alimentarte, para mí todavía queda trabajo por hacer.
Quizás el objetivo no sea adelgazar y ya. Quizás sea mucho más ambicioso.
Mejorar tu salud.
Cuidar tu digestión.
Aprender a alimentarte en esta nueva etapa.
Y conseguir que, cuando llegue el momento de reducir o retirar el tratamiento, no vuelvas a sentir que tienes que empezar otra guerra contra la comida.
Que puedas volver a comer con tranquilidad.
Que puedas disfrutar de tu chocolate favorito sin culpa.
Que puedas escuchar a tu cuerpo sin miedo.
Porque para mí, estar saludable no debería significar dejar de disfrutar de la vida.
Y la comida, nos guste o no, también forma parte de ella.